De orar bajo una escalera a servir en India, ft. Julieta Murillo

Desde un pequeño rincón bajo una escalera hasta plantar iglesias en la India. La historia de Julieta nos prueba que la obediencia radical abre puertas imposibles y que Dios usa poderosamente a quien simplemente dice: «Heme aquí».

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PODCAST:

Transcripción:

David Puerto

Hola y bienvenidos nuevamente a este espacio de Team Misiones. Team es una agencia misionera que, como muchas otras, acompaña a la iglesia local en el envío de misioneros transculturales, y especialmente a aquellos lugares donde hay poco acceso al evangelio; y es un privilegio recibirte con nosotros hoy.

Tenemos una invitada especial en este espacio, a mi hermana y querida amiga, colaboradora en el ministerio, Julieta Murillo. Gracias, Julieta, por estar con nosotros en este espacio.

Julieta Murillo

Hola, David, gracias a ti también. Para mí es un privilegio y bendición poder hablar en este tiempo también.

David Puerto

Julieta y yo servimos juntos en la movilización dentro de Team. Team tiene un departamento, un equipo de movilización global, y Julieta sirve en la región latinoamericana, donde yo también sirvo, solo que Julieta vive en Ecuador. Así que, Julieta, me encantaría que nos contaras un poco de tu historia, cómo el Señor te ha llevado por diferentes lugares y ahora estás en tu país de origen, pero también con el fin de enviar obreros transculturales.

Julieta Murillo

Sí, gracias. Bueno, les cuento que yo conocí a Cristo a los 11 años. Una misionera de una iglesia vino al barrio, una hermana misionera local. Compartió de la fe. Conocí al Señor y empecé a ir a la iglesia, a un club de niños los sábados, porque trabajaba los domingos. Vengo de una familia bastante humilde. Desde los 9 años empecé a trabajar para ayudar a mi mamá y estudiaba por la noche.

Entonces, yendo a la iglesia, aprendí todo lo que era discipulado. Mi discipulado fue netamente misionero. Éramos organizaciones misioneras, los niños, las niñas, las señoritas. Entonces, desde que empecé con la fe, empecé a conocer misiones. A la edad de 14 años fui a un campamento, realmente donde nos encontramos ahora. Aquí fue donde el Señor confirmó mi llamado.

Una misionera norteamericana contaba cómo Dios la llamó para venir a Ecuador, y su testimonio impactó mi vida porque yo había leído una biografía de misioneros que habían sido asesinados en Ecuador, pero para mí, como una niña, parecía una historia, un cuento. Pero ahora, escuchando y viendo videos, viendo rostros de ellos, la vida fue real, y que la muerte de unos le dio vida a otros que nacieran en Cristo en ese lugar, porque ahí nació realmente la predicación del evangelio en ese lugar, a raíz de estas muertes, y también llamó a muchos misioneros a los campos, a Latinoamérica, no solamente a Ecuador.

Ella dijo: «Bueno, decían las noticias, Ecuador asesina misioneros», y en vez de correr en contra, ella dijo: «Yo tengo que ir a Ecuador». Entonces eso, yo tenía 14 años y le dije: «Señor, yo estoy solamente sentada en la iglesia», y le dije al Señor: «Heme aquí, envíame a mí». 

Entonces, a los 14 años empecé mi caminar misionero y hablé con mi mamá. Le digo: «Mamá, no voy a trabajar más por dinero, voy a ganar almas». Ella no entendía, no era cristiana, y me dijo: «Bueno, pero no dejes de estudiar». Hablé con mi pastor y le digo: «Pastor, voy a ser misionera». Mi pastor me dijo: «Julieta, no hay dinero para misioneros». Le dije: «No se preocupe, Dios me va a pagar».

Y así empecé, David, desde los 14 años, trabajando en la hora misionera local. Seguí estudiando por la noche, luego estudié también seminario teológico. Mi deseo era trabajar en la misma selva donde ellos habían muerto, pero no me aprobaron en mi país porque a una mujer soltera no le permitían hacer este trabajo. Entonces estaba un poquito frustrada.

Pero el Señor, justo unos años antes de tener la edad para ir a la universidad y al seminario, en la iglesia, el pastor me dio una pequeña oficina donde yo podía tener mi departamento de misiones. Ahí había periódicos que venían de La Voz de los Mártires, que antes recibía un pastor misionero, y seguía recibiendo correspondencia pero como no estaba la embodegaban.

Cuando el pastor me dijo: «Bueno, voy a hacer tu espacio», yo encontré todos estos periódicos, los abrí y los empecé a leer. Vi que había más que Ecuador. Estaban los hindúes, los musulmanes, los budistas. Leía sobre la iglesia perseguida en China, leía sobre personas que estaban presas en Rusia. Yo dije: «Señor, ¿yo qué estoy haciendo?  solamente pensando en Ecuador».

Y empecé a orar por el mundo. Me compré un mapa en el colegio, lo pegué en la pared y empecé a orar por el mundo.

David Puerto

En tu oficina.

Julieta Murillo

En mi pequeña oficina, que era debajo de una escalera. Era un huequito.

David Puerto

Lo puedo imaginar, ¿cuantos años tenías en ese momento Julieta?

Julieta Murillo

Tenía 16 años. 

David Puerto

16 años, wow, muy joven.

Bueno, para aquellos que no saben, estamos hablando de los cinco mártires que murieron aquí en Ecuador. Jim Elliot es uno de los más famosos entre ellos, pero eran cuatro hombres más. Esa fue una historia muy recorrida por el mundo y, como dices, trajo mucha consecuencia de más obreros transculturales saliendo para nuestro contexto en América Latina, que por cierto un profesor de misiones en mi seminario me dio clases y él también salió como resultado de la muerte de estos misioneros. Podemos decir entonces que estos misioneros fueron una herramienta que Dios usó para movilizar a muchísimos más a América Latina y a diferentes partes del mundo.

A partir de ese momento, tienes tu oficina de misiones en la iglesia, en ese espacio pequeñito abajo de la escalera. ¿Qué comienza a suceder entonces en tu vida alrededor de tu familia? ¿cómo dices? «Creo que es tiempo de salir».

Julieta Murillo

Bueno, quise empezar a predicar cerca y evangelizaba y traía gente a la iglesia, pero vi que la iglesia no estaba lista para personas que eran ajenas al contexto de la iglesia. El Señor me empezó a llamar para hacer iglesias en casas. Entonces, ni la gente estaba lista para la iglesia, ni la iglesia estaba lista para personas desconocidas.

Algo que el Señor me hizo fue trabajar localmente en sus comunidades y empecé a hacer iglesias en casa y aprender, bueno el Señor me fue guiando en el momento, según la necesidad se hacía. Mi familia no era creyente, pero mi mamá siempre me respaldó. Vio el cambio en mí y dijo: «Bueno, haz lo que quieras. Sigue estudiando, y haz lo que quieras».

Pero el testimonio, fui la primera en mi familia, y luego fueron llegando mis familiares, mi mamá, mis hermanos y todo. Entonces, luego, mi deseo era hacer misiones transculturales.

Primero quería en el país. Cuando cumplí 18 años apliqué a la misión. Me dijeron: «No, porque eras soltera». Entonces dije: «Señor, ¿qué voy a hacer?». La iglesia y los líderes de mi congregación querían ponerme a mí en la educación teológica. Estuve también como decana del Seminario Teológico Bautista en Ecuador. Tenía apenas 20 años, pero yo decía «Quiero algo más que el seminario». Lo mío era el campo misionero.

Vino a mi corazón India, porque cuando estuve leyendo sobre estos países, India estaba cerrado a misioneros. Leí que había misioneros de diferentes países que habían quedado en India por más de 40 años a vivir allá. No volvían nunca más a su casa ni a sus iglesias. Entonces Dios me puso a orar primero por ellos, por el trabajo que ellos estaban haciendo, y también para que se abrieran las puertas a India.

Como yo venía de un trasfondo religioso de adoración a ídolos y todo eso, y también de un trasfondo pobre, de trabajar desde niña y con una familia muy disfuncional, me identifiqué mucho con los hindúes. Empecé a orar por ellos y dije: «Señor, ¿por qué no ir a India?». Entonces empecé a orar por India a esa edad.

David Puerto

Muy jovencita. 

Julieta Murillo

Jovencita, India estaba cerrado, o sea, era casi que imposible.

David Puerto

¿Y qué fue lo que comenzó a crecer en tu corazón a raíz de las oraciones, de tu interés por la India y de comenzar a investigar?

Julieta Murillo

Bueno, primero hicimos un trabajo misionero local con unas chicas de mi misma edad, con la misionera que dio testimonio en el campamento de mi llamado. Empezamos un ministerio por ocho años. Desde los 15 años trabajé con ellos en teatro. Yo hacía teatro y mimo. Mis otras amigas hacían de payaso y otras cosas. Viajamos por todo el país predicando a niños y jóvenes.

Cada vez mi corazón iba creciendo más por misiones, pero veía también que había iglesias en todos esos lugares. Dije: «Señor, bueno, aquí está la iglesia. Envíame a los no alcanzados». Y todo el mundo me cerraba puertas en Ecuador. No se entendía, pero el Señor me mandó a una conferencia. Yo era líder de jóvenes a nivel nacional de la denominación desde muy jovencita y fui a Córdoba, Argentina. Me fui por tierra, mi primer viaje saliendo de Ecuador. Pasé Perú, Chile y Argentina por bus, toda una semana viajando. Llegué a la conferencia. Era de adoración y de jóvenes, pero ahí dieron una invitación para un congreso misionero en Costa Rica el siguiente año.

Como éramos solo tres de Ecuador, yo llevé dos amigas conmigo y me mandaron a mí como la movilizadora para movilizar gente de Ecuador hacia el siguiente congreso de jóvenes que iba a ser en Costa Rica. Logré llevar 21 jóvenes.

Cuando llegué a la conferencia de misiones, todo era de misiones: banderas, rostros de hindúes, musulmanes, budistas. Yo lloraba. Dije: «Señor, esto es, pero en mi país nadie me entiende, nadie habla mi idioma de misiones». El Señor me desafió a quedarme en Costa Rica.

Yo no fui planificando ir a quedarme, pero jóvenes que fueron conmigo tuvieron sueños de que «Tu no vas a volver a Ecuador». Uno dijo: «Soñé que no volvías». Otro soñó que veía un avión que salía desde Costa Rica, pero me despedían a mí. Dijo: «Te vas de misionera a Costa Rica».

Una joven que nunca me había dicho que yo tenía llamado a India, porque era de otra ciudad, me dijo: «Hermana, yo soñé que te vas a ser misionera a India». Le digo: «¿Por qué?».  «Estábamos esperando una misionera de India en el aeropuerto y la que llegaba eras tú».

Entonces digo: «Señor, háblame a mí». Yo no creía en sueños, yo no tenía sueños, y Dios me puso esa inquietud. Yo no tuve el sueño, pero le dije al Señor: «Dame tres cosas si quieres que me quede en Costa Rica».

Porque me decían unos chicos: «Quédate en Costa Rica, porque en Ecuador nadie te va a enviar». Le pedí al Señor: «Dame iglesia, casa y misión». Iglesia, porque me van a despedir de mi iglesia, porque no me están mandando. Casa, porque no conozco a nadie en Costa Rica, solo fui a una conferencia. Y misión, tengo que prepararme.

Yo sabía teología, conozco Biblia, pero ahora que veía todo esto del mundo musulmán, hindú, budistas; yo era nula en misiones transculturales. Si me das iglesia, casa y misión antes que termine el congreso, yo me quedo en Costa Rica y renuncio a todo lo que tengo en Ecuador: mi familia, la misión, la iglesia.

David Puerto

¿Cuánto duraba el congreso, Julieta? Me intriga esa parte, que estás ahí en el evento, y estás orando y con esta carga en tu corazón. Pero no fue un tiempo de meses, solo de unos días.  

Julieta Murillo

El congreso duró cuatro días, pero después venía una semana de misiones prácticas. De ahí se iban a cada país de Centroamérica. Entonces era como dos semanas.

Nosotros, los de Ecuador, no supimos lo de la práctica. Pensamos que eran solo las dos semanas en Costa Rica, entonces  nos tocó quedarnos por nuestros recursos. Los otros fueron enviados a Panamá, Nicaragua, Honduras, Guatemala, El Salvador, pero los de Ecuador nos quedamos en Costa Rica.

El día que ya se estaban yendo los grupos, no había pasado nada todavía. Yo dije: «Señor, entonces me tengo que ir a Ecuador». Pero en eso vi a una hermana que tenía una pequeña computadora, una laptop. Yo no había visto una laptop en mi vida, solamente en la televisión, mirá ya más o menos sabes cuantos años tengo. Entonces me acerqué de curiosa y le digo: «¿Qué es eso?». Me dice: «Es una computadora».

Y me dice: «¿De dónde tú vienes?». Le digo: «De Ecuador». Me dice: «Tengo que irme a Nicaragua ahora, pero si Dios te pide que te quedes en Costa Rica», y me dio su tarjeta. «Llámame. Puedes vivir en mi casa con mi familia, puedes venir a mi iglesia para poderte apoyar en misiones y te voy a mandar a estudiar misiones para que te vayas como misionera al campo».

Ella me respondió: «Iglesia, casa y misión».

Me puse a llorar. Ella se fue a Nicaragua con un grupo como líder del grupo, y  lloré como una niña.

Entonces me decían los chicos de Ecuador: «¿Qué pasó?». Les digo: «Me quedo en Costa Rica, renunció a Ecuador». Y ahí les conté. Solamente Dios sabía lo que  había pedido.

Y así fue. Me quedé en Costa Rica después de que terminamos el congreso. Se fueron los jóvenes y estudié en la iglesia que la hermana me llevó. La iglesia me adoptó, aunque era de otra denominación. Me dijeron: «Mira, no te preocupes, te amamos igual». Y me mandaron a estudiar.

Fui a estudiar, primero fui a una agencia misionera que había hecho la organización del evento. Me dijeron: «¿Qué haces aquí?». Les conté la historia. Me dieron una beca para estudiar con ellos y ser parte del staff ahí de voluntaria. Y me dijo: «Pero no te podemos dar papeles para visa».

Yo fui con visa de turista a la Universidad de las Américas, UNELA. «Andá a hablar con el director». El director vio mis títulos, que mandé a pedir desde Ecuador por fax, y me dieron la beca para la maestría en misiones. Así me quedé legalmente con visa en Costa Rica por dos años.

Estudié la maestría en la mañana. Luego pasaba todo el día en la oficina de la misión, donde también me acogieron. Con ellos me preparé y con ellos salí al campo misionero.

David Puerto

¿Ya estamos hablando de cuántos años tenías en ese momento?

Julieta Murillo

Tenía 22 años y salí al campo a los 24. Fueron dos años en Costa Rica preparándome. También fui a la selva de Costa Rica. Mi llamado había sido la selva de Ecuador. Dios me permitió vivir tres meses en la selva de Costa Rica como práctica misionera. Pude experimentar lo que era la selva y luego el Señor me mandó a la India.

David Puerto 

Entonces, la iglesia que te envió y la agencia misionera que te envió estaban en Costa Rica. ¿Cuál es el nombre de la iglesia y de la agencia misionera?

Julieta Murillo 

La iglesia se llama Dimensión Cristiana. Ahora se llama Iglesia DC. Ahora tiene nada mas las iniciales, que es de Asambleas de Dios, y yo soy bautista. Dios utilizó el pueblo de Dios, no importa la denominación ni el país. Y la agencia se llama FEDEMEC.

Ellos me abrieron puertas primero. Cuando yo les dije de India, me dijeron: «Imposible India, porque está cerrado». Así que me capacité para el mundo musulmán. Estudié todo para ir a un mundo musulmán. Pero antes de salir, cuando bajé de la selva para irme a este país, India se abrió. Me dijo la misión: «¿Sabes que vas a ser la primera latina en ir a India?».

Me fui a India con un equipo de una misión internacional. Entraron gente nueva, porque ya había habido gente de hace años, pero fuimos los primeros en entrar en este período. Fui la primera latina a la edad de 24 años.

David Puerto

Cuéntanos un poco de tu experiencia en India. ¿Cuáles fueron tus mayores aprendizajes? Seguramente tienes muchísimas historias, pero ¿qué recuerdas que tú dices: «Esta fue una obra del Señor en mi vida, de esta manera Dios me usó»? Cuéntanos un poco de tu experiencia.

Julieta Murillo

Bueno, muchos desafíos. Primero, siendo mujer para un mundo de hombres fue bastante difícil. Digo: «Señor, ¿cómo lo voy a hacer?». Cuando llegué allá, eran solamente hombres; las mujeres estaban en la casa. Mi experiencia había sido creación de iglesias en Ecuador, enseñando, discipulando, y ahora no podía. ¿Qué hago?

Segundo, el idioma. Tenía muy poco inglés, casi nada. Cuando llegué allá nadie hablaba español. Entonces el desafío era, tenía que tener mucha disciplina. Fui a una escuela de idiomas cinco días a la semana, cinco horas en clase, tres horas practicando en casa y salir con la gente a practicar. Fueron dos años dedicados directamente al idioma, a la cultura y a sobrevivir, porque es otro contexto diferente, siendo mujer y soltera.

Dios me dio esa bendición de poder aprender. Al ser latina, era muy conocida y familiar la cultura y pude unirme a ella. La gente fue muy buena. Estudié idiomas por dos años. Luego, cinco años en la universidad estudié danza y tambores indios. En la universidad saqué una acreditación por cinco años y pude aprender más idiomas, porque el curso era todo en hindi.

Entonces, aprendí hindi en la parte teórica y, oyendo, aprendí también urdu con la gente en la calle, porque en la ciudad donde vivía hablaban estos dialectos también y mezclaban en una oración hindi, urdu e inglés. Dios me dio tres idiomas en una cuando no sabía más que hablar español, y a veces ni en español me entendían. Fue la gracia del Señor.

Yo siempre digo que no hice nada más que estar en el lugar que Dios quería que esté. Lo demás lo hizo el Señor. Él fue abriendo puertas. Todo lo que se veía como cosas contrarias a lo que se necesitaba, como ser hombre, o tener familia, o tener las finanzas o el idioma, eso el Señor lo cambió y me dio posibilidades.

Pude plantar iglesias entre los hindúes y musulmanes, del hinduismo o del islam hacia cristianismo, desde cero, traerlos al Señor a través de la amistad y del servicio. Dios me ayudó a hacer ayuda social y acompañarlos a ellos en su tiempo de enfermedad.

A través de la danza que aprendí y de la música, tenía jóvenes en mi casa practicando, chicas danzando, hombres tocando, jóvenes tocando tambores. Entonces esa amistad trajo discípulos. Ellos vinieron de no ser creyentes a ser creyentes, después ser discípulos. Todos fueron perseguidos, echados de sus casas, golpeados, algunos amenazados.

Llegaban a mí: «¿Qué hago?». Me tocó alquilar otra casa. Tuve dos casas alquiladas, una para chicas y una para chicos. Luego empezaron a llegar grupos de corto plazo, porque ya estaba yo allá. Entonces mandaban chicos de México, llegaban muchos. Se llamaba India por Herencia la organización.

Me tocó recibir muchos jóvenes. Ellos también se quedaron como voluntarios conmigo por un par de meses. Ya tenía un equipo que venía e iba. Los chicos que se convertían y los echaban de su casa eran mi equipo. Dios me dio un equipo como de 32 personas que llegó a vivir conmigo.

No había finanzas que sostengan, pero Dios nos daba comida. Teníamos comida. Primero tenía bicicleta, luego tuvimos motocicletas y andábamos predicando. Dios me dio tres modelos de iglesias que empezamos con los discípulos.

Y cómo empecé la obra realmente fue cuando yo tenía que salir de India cada tres meses o cada seis meses por visa, por mi pasaporte ecuatoriano. Era muy cansado para mi, muy costoso y también estresante, porque no sabía si iba a poder volver. Pero Dios me estaba preparando para algo más grande, que es lo que hacemos ahora: movilizar.

Yo digo: ya estuve ahí, ya conozco este país, ya sé lo que pasa ahí. En ese tiempo no entendía por qué tantos países, Señor.

David Puerto

Entonces durante ese tiempo, mientras trabajaba en India, tenía el ministerio ahí, pero también tenía que salir a los países vecinos, y conociste varios lugares ahí en esos contextos. 

Julieta Murillo 

Estuve hospedada en casas de budistas, hindúes y musulmanes, porque los que me recibían,  no tenía a veces ni para el hotel y iba solo con el boleto de avión, por fe: «Señor, aquí voy».

El Señor me daba lugar, casa,comida, me pagaban las visas y me mandaban con regalos de vuelta a India.

Todo el mundo decía que yo estaba loca. Digo, no sé. Yo, el Señor me dijo que no llevéis nada por el camino. Leí Lucas 10 y aquí estoy, Señor, lo que tengo.

Entonces así fue como el Señor, porque cada seis meses o tres meses, en un pasaje, yo llegaba de donde vivía, a la capital, con dos días antes de acabar mi visa. No tenía boleto y el Señor proveía el boleto. A veces otros misioneros decían: «Ah, te vas, mira, tengo una amiga en Indonesia, tengo una amiga en Singapur, te voy a dar el número». Cuando llegaba yo eran budistas o musulmanes y ahí estaba. Dios me metía a vivir esto. O en Malasia, por ejemplo.

Entonces, una vez estaba en Singapur y me niegan la visa para India por primera vez. Llevaba ya cuatro años, pero no trabajaba en iglesia estaba en tiempo de hacer amistades y idiomas y estudiar. Y yo decía: «Señor, ¿cuándo empiezo la iglesia?». Entonces me dice: «No vuelves a India». Y digo: «¿Pero por qué? No ya estabas mucho tiempo».

Le digo: «Señor, ¿qué hice mal?». Llegué a la casa donde estaba hospedando, un lugar de la misión, y leí de nuevo los evangelios. Le digo: «Señor, dime tú, háblame». Y me decía: «Haz discípulos». Digo: «Estoy aquí haciendo discípulos, pero nada funciona». Lo que hacía en Ecuador, en Costa Rica, no funcionaba nada.

Le dije al Señor: «Enséñame tú cómo hacer discípulos en India». Me llevó a Lucas 10:8-9: «Comed lo que os pongan por delante, sanad a los enfermos y decidles: se ha acercado el reino de los cielos». O sea, comer significa hacer amigos, estar con ellos. No esperar que vengan, tú estar con ellos, ir a los funerales, bodas, fiestas, estar, de segundo, servir, estar para ellos, ayudarles. Así sean musulmanes o hindúes, tienes que estar para servirles en lo que puedas.

Y cuando ellos te amen, porque tú amaste primero y porque tú les has servido, ellos van a querer escuchar tu mensaje.

Yo dije al Señor: «Ya lo entendí, déjame volver». Me dieron visa por un año, primera vez por un año, y volví a India. Había unas personas que ya estaba visitando y les dije: «Esto me dijo el Señor. No me mandó a ser creyente, me mandó a hacer discípulos, y para hacer discípulos necesitamos hacer esto».

Tenía trece personas que no se conocían todavía entre ellos que yo estaba ya visitando, y les presenté el evangelio. Les presenté de una vez que teníamos que hacer discípulos y todos dijeron que sí. Fueron perseguidos y ahí vinieron a vivir conmigo. Empezamos el equipo misionero, todos locales conmigo, y empezamos a plantar iglesias al cuarto año.

Después parecía como palomitas de maíz. La gente se convertía, uno traía a otro, traían a otro, traían a otro. Fundamos doce iglesias y también alcanzamos siete comunidades, todas las aldeas. Empezamos iglesias en casa, empezamos iglesias tradicionales, y empezamos también comunidades enteras que el Señor nos dio.

Llegábamos a tener más de setenta iglesias alrededor en los doce años que estuve en India con el equipo. Eso fue algo que yo no me lo imaginaba ni me lo esperaba. Yo decía: «Señor, quizás me va a tocar tener toda mi vida en India, ya una familia». Le pedí al Señor: «Dame una familia que pueda discipular y que ellos puedan a su vez ganar a otros». Por eso Dios me dio una gran familia.

David Puerto

Gracias por compartir con nosotros un poco de tu experiencia ahí en la India. ¿Por qué saliste de India? ¿Cómo fue tu regreso a Ecuador? ¿Cuáles fueron las razones? ¿Qué te impidió continuar con la labor allá?

Julieta Murillo

Bueno, hubo algunas razones. Una fue, las iglesias de Costa Rica que me enviaron empezaron a dejar de sostenerme porque tenían sus propios misioneros. No era de Costa Rica, también no era de su denominación. La denominación hizo una propia organización, una agencia, y dijeron: «Bueno, todos envíen  nuestra denominación». Uno a uno fue quitándome, quedé solo con la iglesia que me envió, y eso era como un 30 % de mi sustento, entonces no tenía el presupuesto.

Aun así, yo podía vivir con eso porque la gente localmente nos daba comida para el equipo. Incluso no tenía para pagar alquiler y la dueña de la casa me dijo: «No tienes que pagarme». Siendo hindú me dijo: «No tienes dinero, mi casa es tu casa. Mientras estés en India no me pagues alquiler». Viví tres años sin pagar un dólar alquiler porque veía lo que estaba sucediendo.

Me mandaban desde las aldeas, tocaban mi puerta y me traían sacos de arroz o sacos de harina para todo el equipo. Dios nos alimentó. Un hombre de la tienda me traía cartones con víveres. Dice: «No te he visto que compras comida en la tienda. ¿Cómo estás comiendo?». Y me traía gratis los víveres. Entonces Dios me alimentaba.

Así como a Elías con los cuervos, me alimentó a través de la gente de India, a mí y al equipo.

Pero en la organización hubo una estructura de liderazgo con la que estaba en India, y el nuevo director que llegó era un hombre de estadísticas, de números; era un economista. Y él cuando supo de mi presupuesto dijo: «No puedes seguir así», y me mandó de vuelta a mi país. «Cuando tengas el 100%…». Y le digo: «Pero mira lo que está pasando aquí».

Todo el equipo, mis compañeros, decían: «Pero Julieta está haciendo esto, no la saques». Y él dijo: «No, no puedes estar con ese presupuesto, tienes que tener el 100%». Y me mandaron de vuelta a Ecuador.

Yo lloraba y y le digo: «Señor, en Ecuador ni siquiera me han apoyado nunca». No tenían ellos todavía el conocimiento de misiones que tenemos ahora y no había estructura de cómo hacer el envío de dinero. Entonces yo sabía que iba a ser difícil, pero tuve que ordenar los pastores. Tuve que ordenar 19 pastores y dejarles a ellos el trabajo, porque no sé si iba a volver.

Pero antes de salir de India, el Señor puso dos personas. Una compañera de Corea que vivía en la ciudad donde yo vivía, a quien yo había recibido allá también para que trabaje ahí, me dijo: «Julieta, no te saca las finanzas, te envía de vuelta el Señor a Ecuador.» y dice: «Moviliza ecuatorianos para que no sea una Julieta, sino muchas Julietas». Entonces vuelve a Ecuador, y moviliza y envía ecuatorianos a las naciones.

Yo no había escuchado nunca la palabra movilización. Para mí era algo nuevo. Yo: «¿Qué es eso?». Porque cuando yo salí de Costa Rica era «o vas o envías». Ese era el lema que teníamos en Costa Rica. Si no vas, envías a alguien. Pero ahora movilizar era nuevo. «Me dijo: Moviliza ecuatorianos».

Cuando llegué a la capital para ya salir para Ecuador, me dice un hermano de Guatemala, me dice: «Julieta, Dios te manda a Latinoamérica. Envía latinos a las naciones, moviliza. Me dijo Latinoamérica. Yo Otra vez movilizar, ¿Qué es esto?. No entendía, pero era tanto mi dolor de dejar India que no quería saber de movilización.

Llegué a Ecuador rendida, lastimada, con mucho dolor de dejar India, porque estaba en el momento del auge en el ministerio y me sacan. Entonces lloré. Dios usó mi amiga en Ecuador que me recibió, porque en la iglesia yo era una extraña, era gente nueva, no entendía nada, no calzaba en Ecuador. También mi dialecto era diferente. La gente me decía: «¿De dónde usted es?». O me preguntaban: «¿Cuándo te vas a ir?». Y yo: «Acabo de llegar y ya me mandan».

Entonces, para mí ir a la iglesia me hacía doler mucho. Oraba al Señor, pero ahí hablé con un misionero norteamericano que estaba trabajando en Ecuador y me dijo: Julieta, Dios te mandó a movilizar Ecuador».

Y digo: «Dime qué es movilizar», porque él era la tercera persona. Entonces me contó: «Mira, yo soy un gringo que estoy en Ecuador tratando de enviar misioneros de Ecuador a las naciones, pero no resulta. Tú que vienes del campo y eres ecuatoriana, tienes que hacer esto. Cuenta lo que Dios te hizo hacer en India, y conectalos y yo los recibo. Tú los movilizas y a través de mí los mandamos».

Entonces él me dice: «¿Sabes qué? Yo voy a ir a India con mi familia». Se fueron a India y me dijo: «Mándame». Ahí mandé a la primera misionera en el siguiente año para India.

Entonces ahí entendí qué era movilizar, y ahí empezamos la agencia local también para movilizar personas y enviar a las naciones. El plan de Dios no fue mi plan. 

David Puerto

Correctamente, como te dijeron, no son las finanzas, sino que Dios está usando toda esta circunstancia para enviar a las misiones.

Ha sido un gozo escucharte, Julieta, y no solo escucharte, sino trabajar juntos y ver de primera mano lo que Dios está haciendo en América Latina. ¿Qué le dirías a un hombre, una mujer, un joven, una señorita, una familia que está intentando salir al campo misionero, tiene esta aspiración, este anhelo de poder servir al Señor transculturalmente? Y también, ¿qué le dirías a su pastor o a su iglesia para animarles y que ellos puedan ver que es algo posible?

Julieta Murillo

Bueno, primero, que escuchen a Dios. Porque uno escucha muchas voces. Y yo una de las cosas, yo respeto al liderazgo, respeto a mi pastor, y también soy líder y me gusta que la gente respete. Pero una cosa que el Señor me puso en primer lugar es la palabra que decía el apóstol Pedro: es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. Dios me mandó a ir y a hacer discípulos a todas las naciones.

Cuando entendí esto, le digo: «Señor, tú estás en primer lugar». Escuchar la voz de Dios. Segundo, dar buen testimonio de que tu llamado es la mente de Dios y no es algo emotivo. Tu testimonio de un siervo fiel en lo poco, dar ejemplo, testimonio, y también ser esforzado, estudiar, prepararse, pagar el precio, no esperar que las cosas caigan por sí mismas, sino buscar cosas, aprender de los demás.

Me tocó morir a mí misma. Una de las cosas que aprendí en Costa Rica es dejar atrás el orgullo, todo lo que había aprendido teológicamente, y decir: «No soy nadie, Señor». Ser como una niña y en cada campo al que uno va decir: el local sabe más que yo. Respetar al local y netamente la cultura bíblica, porque no puedo llevar mi cultura, pero si la cultura bíblica, y pedir al Señor que te guíe.

Eso para mí. Entonces yo les digo, hermanos, oren, porque nada sucede sin oración. Pidan también respaldo y oración. Gracias a Dios tenía un equipo y todavía están desde Costa Rica orando por mí todos los días.

Y también ser esforzado, disciplina más que nada, en prepararse y buscar las cosas, que  sucedan y el Señor te va a respaldar. Eso es lo que yo he hecho. Nunca me he aferrado a nada, ni al dinero. Todavía no tengo el 100% de mi sustento. Dios me sostiene a mi. Puedo enviar, sostengo a siete misioneros, unidades misioneras, sostengo a mis padres, tengo una agencia misionera también de la que soy parte de la fundadora, y sostengo, pero todo es por fe.

No tengo un salario, nunca he tenido salario. Tengo personas que donan y creen en mí, pero todo lo dedico al Señor. Nada, me glorifico de nada, porque yo soy nadie. Es la humildad, sobre todo.

Siempre pensar que las personas son primero. No los resultados, no el nombre del ministerio, no mi nombre, sino glorificar el nombre de Cristo, que sea exaltado en las naciones. Y segundo, que las personas son primero. Tanto tu equipo hay que cuidarlo, a la gente a la que sirve hay que cuidarla, sean creyentes o no, hay que amarlas y servirles.

Eso ha sido  lo que he aprendido en el caminar. Sigo aprendiendo, cometo errores como todos, pero le digo al Señor que no me miren a mí, sino que vean a Cristo en mí, como decía el apóstol Pablo.

David Puerto

Muchísimas gracias, Julieta, por tu tiempo y por compartir un poco de tu experiencia. Seguramente tienes muchas historias, y yo he escuchado algunas de esas. Pero muchísimas gracias por compartir esto desde tu corazón.

Julieta Murillo

Amén. 

David Puerto

Saber que Dios quiere usar a latinos como Julieta para bendecir a las naciones con el evangelio del Señor Jesucristo y para seguir llevando restauración, sanidad, perdón , libertad en este plan maravilloso de redención que Dios tiene para todas las familias de la tierra. Veremos eso cumplido.

Como Iglesia Latinoamericana queremos decir: «Señor, henos aquí, envíanos a nosotros. Queremos servirte». Así que si tienes una aspiración, un enorme deseo por servir transculturalmente al Señor, busca hermanos, hermanas, habla con tu pastor, busca alguna agencia misionera que te pueda acompañar en este proceso, porque Dios quiere usar a latinos entre las naciones.

Así que estamos para servirles también. Gracias por acompañarnos en este espacio. Rogamos que el Señor les bendiga con Su gracia y Su misericordia cada día. Nos vemos en un próximo encuentro.