7 momentos críticos en los que puedes servir a tu misionero

Julián Gómez
· · 10 min de lectura

Servir a un misionero es más que hacerle un giro de dinero: requiere acompañarlo con oración, cuidado y apoyo en sus momentos de prueba, transición y retiro para la gloria de Dios.

Como creyentes, todos somos llamados a alcanzar a las naciones. Esto puede significar un llamado personal a ir, enviar, acoger, capacitar o cualquiera de las muchas otras tareas individuales. Con toda probabilidad, cada uno de nosotros será llamado a servir de diferentes maneras en distintos momentos de nuestra vida.

Aunque cada una de estas tareas puede parecer un poco abrumadora si no tenemos experiencia, es el rol de enviador el que deja a muchos de nosotros especialmente perplejos. Si estás en el rol de enviador, es posible que te encuentres pensando: «Tiene que haber algo más en esto que simplemente firmar un cheque». Y tienes toda la razón.

Existen muchas formas en las que puedes cuidar a los misioneros que estás enviando e impactar el Reino para bien. De hecho, hay al menos siete momentos específicos en los que tu participación, mucho más allá de aportar dinero, puede marcar una diferencia radical en la vida de tu misionero.

1. Levantamiento de sostén

Esta etapa de la vida misionera trae consigo muchos gozos y gratas sorpresas. Pero, como se podrá imaginar, también puede ser un tiempo de estrés y de severa prueba. Los candidatos a misioneros se reúnen con cientos de personas y enfrentan muchos rechazos y puertas cerradas. Es fácil que se desanimen, se desilusionen o incluso comiencen a dudar de su llamado.

En este tiempo, tú puedes escuchar sin juzgar. Tu futuro misionero puede parecer desmedidamente pesimista, excesivamente crítico o complaciente en la autocompasión, pero necesita a alguien a quien le importe lo suficiente como para escuchar, orar y luego ser un aliento apacible. Sé un amigo que aporte perspectiva y le asegure que alcanzará la meta. También puedes ofrecerte para cuidar a sus hijos, ayudar con su presentación, cortar el césped o hacer el cambio de aceite de su auto, o bien organizar un grupo que pueda conectarlo con posibles sostenedores y que se comprometa a orar por él diariamente.

2. Su primer período de servicio

Despedirse y abordar un avión con un boleto de solo ida es un paso enorme. Sin embargo, por lo general no es un momento difícil para la mayoría de los misioneros. La emoción de estar finalmente en el campo misionero lo eclipsa todo. Es cuando la novedad del cambio desaparece, cuando el encanto inicial se convierte en molestia, cuando tu misionero necesitará más tu apoyo. El estudio del idioma se ha vuelto más intenso y son dolorosamente conscientes de lo mucho que les falta por recorrer. Los correos electrónicos frecuentes y las llamadas que los animaban durante los primeros meses se han reducido a un mero goteo.

Durante este período, procura mantenerte en contacto. Pequeños detalles a través de las redes sociales pueden alegrar su día, una nota de aliento más extensa en su bandeja de entrada significará mucho y una conversación virtual cara a cara demostrará cuánto te importa. Pregunta cómo van las cosas y sé un buen oyente. No te sientas presionado a dar una solución inmediata; simplemente camina a su lado y hazle saber que te preocupas por él y que crees en su ministerio.

3. Enfermedad

Aunque la mayoría de los países no presentan los riesgos de salud que enfrentaban los primeros misioneros, los obreros transculturales aún enfrentan enfermedades. Los cambios de clima y la exposición a diferentes virus pueden desgastar físicamente incluso a quienes gozan de excelente salud. La disponibilidad o la calidad de la atención médica puede ser muy diferente de la que tenían antes de salir de su país. Especialmente si un hijo enferma, los padres pueden cargar con una culpa adicional mientras intentan cuidar a su hijo o hija.

Ante esto, puedes pensar en formas creativas y prácticas de ayudar, como ofrecerte a buscar un médico especialista dispuesto a brindar asesoría por teléfono o en línea. De igual manera, puedes intentar ayudar con los gastos médicos ya incurridos o aportar para pagar el transporte hacia un lugar donde la atención que necesitan esté disponible.

4. Momentos de gran desánimo

El trabajo de los misioneros es tanto su carrera como su ministerio. Experimentan una sensación de satisfacción y valor propio cuando ven que sus esfuerzos dan fruto. Tienen altas expectativas de sí mismos y a menudo perciben también las expectativas de sus sostenedores e iglesias. ¿Pero qué pasa si el éxito no llega? ¿Qué pasa si, después de muchos años, no se ha establecido ninguna iglesia? ¿Qué sucede si el gobierno los expulsa? El desánimo, las dudas sobre sí mismos, la sensación de fracaso o el temor a dar la cara ante sus sostenedores pueden abrumar fácilmente al misionero.

Tu labor aquí consiste en animar, apoyar y afirmar a los misioneros fatigados, honrándolos por su fidelidad y por quienes son como hijos de Dios. Recuérdales que su identidad se encuentra en Cristo y que Él se regocija en ellos. Una visita personal, si es posible, dirá muchísimo al desanimado. La risa también es una buena medicina; busca una manera de darles algo que les provoque una buena carcajada y recuérdales que el peso del mundo está sobre los hombros de Dios y no sobre los suyos.

5. Asignación en el país de origen (Home Assignment / Furlough)

Algunos lo llaman asignación en el país de origen y otros lo llaman furlough. Sea como se le llame, es el período en que los misioneros regresan a su país de origen para reconectarse. Lo que NO es, es un tiempo de vacaciones. La asignación en el país de origen es un período sumamente ocupado de viajes, visitas a sostenedores, informes del ministerio e incluso recaudación de más fondos. Aunque es un gozo reencontrarse con familiares y amigos, puede resultar intimidante reinsertarse en la cultura de origen y responder a las expectativas de los demás.

Puedes comprender y procurar aliviar las presiones de esta etapa. Tal vez puedas facilitarles un vehículo o un lugar donde vivir, dos cosas que probablemente el misionero ya no posee en su país de origen. También puedes ofrecerte a ayudar con las presentaciones en las iglesias, la inscripción escolar de los hijos, la programación de citas médicas y cien cosas más que deben hacerse. Anima a tus misioneros a tomar verdaderas vacaciones en algún momento y haz todo lo posible para que esto suceda. Sobre todo, hazles saber que los valoras como personas, no solo como misioneros.

6. Tiempos de transición

Ya sea despidiéndose de compañeros de obra que se trasladan, mudándose a un nuevo campo de ministerio, dejando a los hijos en un internado, enviando a los jóvenes al extranjero para la universidad o decidiendo regresar a su país para cuidar de sus padres ancianos, los misioneros enfrentarán una infinidad de transiciones durante su tiempo en el ministerio. De hecho, el cambio es una constante en la vida misionera, y los misioneros no tienen un superpegamento emocional que sane el dolor de la separación.

Puedes ser un lugar seguro para que ellos procesen todo lo que están experimentando y pensando. Ayúdalos a encontrar un lugar donde retirarse a orar sin distracciones y conversar con su cónyuge y familia. Si te lo piden, ofrece consejo sobre cómo gestionar la transición, pero hazles saber que cuentan con tu apoyo sea cual sea su decisión. Brinda ayuda práctica también, como paquetes de aliento para los hijos en la universidad, tiempo de descanso o relevo para quien cuida a padres ancianos, o fondos para un boleto que permita a la familia separada tener un tiempo especial juntos.

7. Jubilación o retiro misionero

Después de muchos años en otra cultura, a menudo los misioneros se sienten más en casa en el país donde sirvieron que de vuelta en su país de origen. Pueden sentirse abrumados por todo lo que queda por hacer en el lugar donde sirvieron y lo pocos obreros que hay para realizarlo. Es posible que no vean cómo pueden contribuir en su nuevo entorno tras haber pasado tantos años en otro lugar. Además, la cultura y la iglesia local de su país pueden ser muy diferentes de lo que eran cuando salieron por primera vez.

En este momento, sé un refugio acogedor y ayuda a los misioneros retirados a aclimatarse. Brinda ayuda práctica para encontrar vivienda, comprar un auto, navegar por el sistema de salud e incluso encontrar una congregación, pues puede que no sea la misma iglesia a la que asistían antes. Continúa afirmándolos como hermanos y hermanas en Cristo y ayúdalos a encontrar un espacio donde usar sus dones de una manera significativa y satisfactoria.

Alcanzar los confines de la tierra requiere tanto de los que van como de los que envían. Como enviador, cobra ánimo al saber que tu rol es de vital importancia; y sí, es mucho más que simplemente firmar darle dinero.

«¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!» (Romanos 10:14-15, RVR1960)

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